jueves, 21 de febrero de 2013

El día que comí gato

Quiero confesarles que he comido gato

Ese día estaba sentado con mi amigo Lenin y otros muchachos del barrio en frente de la farmacia. Habían desviado el tráfico para arreglar la alcantarilla, y el flujo de vehículos no nos dejaba jugar en la calle como de costumbre. Nosotros nos divertíamos viendo a la gente tratando de cruzar entre los coches. La escena parecía una corrida.
 
En eso vimos a un autobús atropellar una gata que trataba de cruzar la calle. La pobre gata se había metido por debajo del bus, y tuvo la desgracia de ser aplastada por las ruedas traseras. Fue cosa rápida, un chillido y no quedó mucho.  


Mi amigo Lenin, el que se la pasaba dándonos  estadísticas de los logros de la revolución,  era un muchacho intranquilo. Se puso de pie, miró a la gata muerta, y nos dijo:
“Yo creo que el gato se puede comer”
Yo le seguí la mirada y me di cuenta de que las ruedas del bus habían despellejado una pata trasera de la gata de tal manera que se parecía a una pata de pollo.  Se veía bastante bien.
No tengan la impresión de que éramos unos muertos de hambre, empezando a ver a esa gata muerta como si fuera un bistec, pero la verdad es que en aquellos tiempos haciamos colas para todo, y a veces no podíamos comer, todo por culpa del imperialismo que nos había dejado sin nada.
Así que cuando vi a Lenin agarrar la gata por su patita rosada, no pensé que era un buen samaritano sacando basura de la calle. Lo que pensé fue donde podíamos cocinarla para ver a qué diablos sabia. Y lo mismo le pasó a los otros, porque de pronto todos estábamos dándole instrucciones para que arrastrara la gata hacia nosotros.
Lenin era un muchacho muy chévere, y aparte de eso era buen comunista, así que no trató de quedarse con la gata. Al contrario, empezó a decirnos quien se podía quedar con cual parte del gato. Y como yo era su mejor amigo, me dedicó la pata trasera que no estaba despellejada.
Nosotros ya teníamos un lugar para hacer fogatas, pero tuvimos que buscar un palo afilado para metérselo a la gata y poder mantenerla sobre el fuego. La cocinamos, la pusimos sobre un pedazo de cartón, la picamos y cada uno empezó a comerse su pedazo como podía.
La cosa es que yo tenía frenillos en los dientes, y el día anterior me habían llevado a apretármelos, y me dolía hasta la quijada. Cuando comencé a despellejar mi pata de gato me di cuenta de que Lenin era un vivo porque se había quedado con la pata que estaba despellejada. Ahora yo tenía que meterle mis dientes flojos a la maldita pata, y no me iba a echar para atrás porque si lo hacía nadie me iba a ofrecer carne el resto de mi vida. El caso es que le saqué la piel con pelo y todo, y me comí mi pedazo de gato. No se los recomiendo, porque sabía a mierda. Y la conversación de Lenin mientras  yo comía mi pedazo de gato me dio indigestión.
Ahora me doy cuenta de que el problema era en parte la  falta de ajo y sal, y la temperatura de cocción. Lenin no sabía  cocinar, se la pasaba todo el tiempo hablando basura sobre el comunismo y la revolución del proletariado que debíamos construir.  Pero debo ser honesto,  el gato quemado sabe mal aunque se adobe bien.

No hay comentarios:

Publicar un comentario